“Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”

Domingo de Ramos de la Pasión del Señor/C

Y después de aquellas palabras, la vida de aquél condenado a muerte, que agonizaba en la cruz, cambió, y a pesar del tormento por tanto dolor, pensó:

Cómo explicar, lo que ahora estoy sintiendo, cómo decir lo que mi corazón quiere decir, cómo gritar lo que mi alma quiere gritar… Sí, ha sido como cuando a un condenado a muerte se le dice: “quedas libre, ya no vas a morir”. Algo así fue la que traspasó mi alma cuando este desconocido al que llaman Jesús, pronunció: “Hoy”; sí dijo, “Hoy, estarás conmigo en el Paraíso”.

Y entre los gritos pensé que había soñado esas palabras, que no eran ciertas, pero  al mirarle de reojo vi su mirada amorosa, vi lo que decía aquel rostro ensangrentado, vi que me lo decía a mí, a un ladrón, a un condenado. A mí, que desde niño había sido un violento, un rebelde sin causa; Jesús me hablaba a mí, que había cometido cualquier cantidad de maldades, que justamente merecía ese sufrimiento; y sin embargo, no me condenó, no me insultó, no me despreció. Él me habló al corazón y me habló con amor.

Entonces quería estallar, quería gritar a aquellos hombres y mujeres, que Dios estaba en la tierra, que estábamos frente a Él, que estaba sufriendo por nuestra salvación, pero la garganta se iba secando y ya no tenía fuerzas, solo podía respirar, y ver a Jesús, ver su cuerpo maltratado, sus manos clavadas, su cuerpo flagelado, sus pies atados y su cabeza rasgada por las espinas.

Y de momento alguien insuflo un aliento de vida, y pude abrir los ojos y ver más allá, reconocí a su Madre, la llamaban María, junto a ella un grupo de mujeres que se lamentaban; y un joven, un muchacho que también lloraba silenciosamente,  no despegaba la mirada del cuerpo maltratado. Allí pensé en cómo me habría gustado conocer antes a este Jesús, en cómo me habría gustado escucharlo predicar, verlo curar a los enfermos, me hubiese gustado seguirlo y acompañarlo en todo momento, haber oído y visto más su vida en medio de esta tierra. Pero mi destino y el suyo, era la cruz.

Al final de tanto suplicio, pude descansar, descansar en Dios que me acompañaba en este duro trance de la muerte, que no se olvidó de mí, ni de los que sufren, de los condenados, sino que se ha sentado en el lugar de los culpables siendo Él, inocente.

De nuevo alcé la mirada,  y vi agitarse a Jesús que le costaba respirar, su mirada volvió a encontrarse con la mía, y ya no con palabras sino desde lo más profundo de mi corazón, dije con los pocos latidos de vida que me quedaban:  “Gracias Jesús, por qué hoy mismo estaré contigo en el Paraíso”.

Raymundo A. Portillo.
Rixio G. Portillo.

 Evangelio (Lc 22, 14-23,56)

Conducían, además, a dos malhechores, para ajusticiarlos con él. Cuando llegaron al lugar llamado “la Calavera”, lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía desde la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Los soldados se repartieron sus ropas, echando suertes. El pueblo estaba mirando. Las autoridades le hacían muecas, diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el elegido”. También los soldados se burlaban de Jesús, y acercándose a él, le ofrecían vinagre y le decían: “Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”.  Había, en efecto, sobre la cruz, un letrero en griego, latín y hebreo, que decía: “Este es el rey de los judíos”. Uno de los malhechores crucificados insultaba a Jesús, diciéndole: “Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro le reclamaba, indignado: S. “¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Nosotros justamente recibimos el pago de lo que hicimos. Pero éste ningún mal ha hecho”. Y le decía a Jesús: S. “Señor, cuando llegues a tu Reino acuérdate de mí”. Jesús le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Era casi el mediodía, cuando las tinieblas invadieron toda la región y se oscureció el sol hasta las tres de la tarde. El velo del templo se rasgó a la mitad. Jesús, clamando con voz potente, dijo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!”. Y dicho esto, expiró.

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