“Para que creyendo, tengan vida”

II Domingo de Pascua/ C


 

La liturgia cristiana celebra la mayor de todas las fiestas del calendario con un octavario, en donde a lo largo de una semana se proclama el máximo sentido de nuestra fe, ochos días, como uno sólo, ocho días que nos envuelven en la dinámica de Dios, ocho días que de manera misteriosa nos vuelven a colocar en el borde del sábado santo, en la expectativa de la resurrección; de nuevo ante el asombro de la victoria de la muerte del Señor. Hoy, ocho días después de aquel día, miramos la misma escena: el Resucitado en medio de nosotros.

Por eso leemos el evangelio de ese primer día, cuando los discípulos estaban escondidos, tienen miedo, se han acabado sus fuerzas, están desconcertados, ya no está el maestro junto a ellos, ha muerto en la colina del Calvario, por eso tienen que huir, esconderse, escapar, encerrados, presos de su temor. Pero Jesús Resucitado aparece en medio, les llena de alegría, les da de su paz, les muestras las llagas del tormento, han sido vencidas, ya no hay dolor, les revela su resurrección.

Hoy también nosotros podemos estar como esos discípulos, la situación del país, la crisis económica, la falta de medicinas, comida, agua, electricidad, y seguridad, nos hacen vivir presos del temor, de la incertidumbre, nos sentimos condenados, atrapados, desesperanzados. Pero hoy llega Cristo en medio de nosotros, camina por nuestras calles, quiere regalarnos la esperanza por vivir, la alegría de la resurrección, la paz que sólo su misericordia nos puede dar.

Ya nos lo ha dicho el Papa Francisco: “Que el Señor nos libre de esta terrible trampa de ser cristianos sin esperanza, que viven como si el Señor no hubiera resucitado y nuestros problemas fueran el centro de la vida. Continuamente vemos, y veremos, problemas cerca de nosotros y dentro de nosotros. Siempre los habrá, pero en (este día) hay que iluminar esos problemas con la luz del Resucitado, en cierto modo hay que «evangelizarlos». Evangelizar los problemas. No permitamos que la oscuridad y los miedos atraigan la mirada del alma y se apoderen del corazón, sino escuchemos las palabras del Ángel: el Señor «no está aquí. Ha resucitado»; Él es nuestra mayor alegría, siempre está a nuestro lado y nunca nos defraudará”.

Como a Tomás que Jesús nos muestra las llagas de su paz y alegría, sus llagas gloriosas, y nos invita a creer y no dudar, por qué solo teniendo esta fe, podremos tener vida, la vida que vence nuestra muerte.

Raymundo A. Portillo.
Rixio G. Portillo.

https://laguiaparroquial.wordpress.com/

“Señor mío y Dios mío”. De Rembrand

 Evangelio (Jn 20, 19-31)

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban al Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados y a los que no se los perdonen les quedarán sin perdonar”. Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”. Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: ‘¡Señor mío y Dios mío!’ Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto. Dichosos los que creen sin haber visto”. Otras muchas señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritas en este libro. Se escribieron éstas para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.

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